LA ALTERNATIVA

—¡Está muerto! ¡Está muerto! —escuché las voces, algunas angustiadas, otras resignadas.

En ese momento quise decir que no era cierto, que estaba vivo. Pero sí, estuve muerto, no sé por cuánto tiempo. Es difícil explicarlo porque en realidad morí. 

Aquel día iba manejando y mientras cruzaba una intersección un imbécil que venía distraído con su teléfono se pasó el semáforo en rojo y me embistió de lleno. El impacto detuvo mi corazón y mi cerebro. Fue una muerte instantánea, sin embargo, seguía viviendo en otra vida. Recuerdo que tras el choque todo se volvió negro frente a mí y que luego empecé a entrar en otra esfera de conciencia donde todo era claridad. Allí fui recibido por ángeles, por seres de luz que me mostraban un camino cada vez más bello y apacible. 

A un cierto punto ellos me preguntaron si estaba listo para seguir y yo recuerdo que les pregunté acerca de mis hijos, mis padres, mis hermanos y la gente que yo quería. Ellos me dijeron que todos ellos iban a estar bien, que no debía preocuparme. Pero sentía dolor por ellos. Era como si yo mismo llorara mi partida. Entonces los seres de luz me preguntaron si tenía cosas que deseaba resolver antes de partir. En ese momento hice un recuento de tantas cosas pendientes que sentí angustia al pensar que me quedaría sin cumplirlas, pero sobretodo, entendí que quizás era más importante reparar los daños que había causado.

—¡Lo hecho, hecho está! Lo importante es lo que hagas de ahora en adelante —recibí como respuesta.

Una parte de mí quería continuar. Aquel camino se abría cada vez más mostrándome un lugar de dicha infinita. Pero algo me decía que no podía irme sin hacer algunos cambios y resarcir las faltas que había cometido consciente o inconscientemente. Si regresaba, ¿me daría la vida la oportunidad de decir “lo siento” a quienes herí u ofendí? ¿Tendría el modo de recorrer mis pasos para reparar los daños o mejorar lo bueno que hice? ¿Qué motivo tendría regresar si no podía devolver el tiempo o si era improbable que pudiera tener de nuevo el chance de reparar lo dañado?

—Lo importante es lo que hagas de ahora en adelante —volví a escuchar—. ¿Estás listo? —me preguntaron.

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En ese momento dudé o no supe qué responder y de inmediato me sobrecogió una gran aflicción. Un gran dolor comenzó a invadirme y sentí que por haber perdido la ocasión de responderle a los ángeles, por haber rechazado la oferta de quedarme en ese lugar de luz, había pasado del Cielo al Infierno. Estaba seguro de ello, pues el padecimiento era insufrible y todo a mi alrededor se había tornado rojo.

Todo era confuso. No entendía dónde me hallaba. Estaba solo, en un lugar horrible, pero escuchaba voces reconfortantes que no correspondían al sufrimiento que estaba padeciendo.

—Tranquilo. Todo va a estar bien —las voces parecían venir de todos lados.

La sensación de agobio era tremenda, el tormento insoportable y el rojo a mi alrededor amenazaba con envolverme de tal modo que, al verme atrapado y perdido, lancé un grito de desespero. Como si hubiera nacido, aquel grito me trajo de nuevo a este mundo.

Empecé a tener conciencia de mi cuerpo magullado y del terrible dolor de cabeza que transtornaba mis sentidos. También supe que aquel rojo eran las luces de las ambulancias y de las máquinas de los bomberos, y que aquellas voces eran las de los paramédicos que trataban de sacarme de mi auto retorcido.

Después de eso perdí el conocimiento o me sedaron, el hecho es que desperté en el hospital. 

Hoy ya estoy recuperado. De toda esa experiencia me quedan valiosas lecciones y un mejor entendimiento de las alternativas que tengo a mi disposición. Me di cuenta, sobretodo, de que en el superior esquema de las cosas los imbéciles cumplen un papel, y que gracias a aquel que se me atravesó en el camino pude entender cuán distraído andaba yo también por la vida.