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¿DE DÓNDE SALEN TUS PERSONAJES?

¿DE DÓNDE SALEN TUS PERSONAJES?

¿De dónde salen tus personajes?, me preguntó un hombre hace poco, mientras ojeaba mi novela "Clara y sus oscuras intenciones". Le dije, "salen de la realidad", pero después me puse a pensar en el proceso que utilizo para crear personajes y me di cuenta que, casi todos, son el resultado de la combinación de muchas personas, vale decir, reales.

Foto: Brenda Pacheco

Foto: Brenda Pacheco

Creo que un escritor, al igual que cualquier otro artista es, ante todo, un observador. Si no lo es de su entorno, entonces lo es de su interior. Un ejemplo de ello, es el "tremendo mundo dentro de la cabeza" al que se refería Franz Kafka. El escritor podrá ser esquizoide, voyeurista, mirón, espía, soñador o un mero inventor, sin embargo, hay un elemento común que acompaña cualquiera de estas facetas: el análisis. Para lograr el mejor retrato -o el más aproximado- de lo que se ve o se siente, es necesaria la disección y la interpretación.

Por ello, quizás escribir sea el arte más difícil en cuanto al resultado que se persigue. Si bien otras formas de expresión nacen también de la observación, la reflexión y el análisis, en la escritura se debe plasmar con palabras lo que otros construyen a través de formas abstractas o intangibles como notas y sonidos, o a su vez, mediante espacios, imágenes, colores o movimiento. Con las palabras se busca hallar el mejor significado, el concepto más preciso, la explicación más clara, y cada una es tan vital como una operación de alto riesgo.

La dificultad radica en que las palabras son limitadas, y por ende, nunca pueden abarcar, o bien, explicar la realidad. Las palabras, pues, son un instrumento infructuoso de aproximación a lo que conocemos. Aun así, logran sobrepasar lo real y lo ficticio, gracias a la imaginación y a la poesía.

De manera que la creación de personajes, en mi caso, parte de la observación y el reciclaje. Acumulo voces, gestos, ropa, apariencias y las voy guardando en el casillero de los detalles. A veces, un personaje puede estar inspirado en gran parte por una persona que he conocido, pero no puedo evitar recurrir al casillero para atribuirle otras características. En otros casos, mis personajes son la mezcla de muchos atributos y defectos, al punto que pierdo los rastros de su ADN.

Foto: Curtis MacNewton

Foto: Curtis MacNewton

En medio de esta reflexión, no deja de maravillarme el hecho de que los lectores se identifiquen con gente que no conoce, o tal vez, debería corregirme: el lector hace lo mismo que yo, crea sus propios personajes a partir de los detalles y descripciones que se encuentra, añadiendo otros rasgos que desconozco. 

Esto hace que mis personajes terminen siendo más reales de lo que yo mismo imaginé.

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LICENCIA PARA BORRAR - LICENSE TO ERASE

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LICENCIA PARA BORRAR - LICENSE TO ERASE

LICENCIA PARA BORRAR

-Las teclas pueden dar vida y obrar también como ametralladoras, de modo que si creaste un personaje, tienes licencia para matarlo.

-Por ende, es aconsejable no matar al personaje de otra novela que no es tuya, por razones de derechos de autor, aunque la idea no esté nada mal.

-Si matas al villano, dale una merecida muerte, que no titubeen tus dedos ni la mano del héroe o heroína.

-Por ningún motivo muestres su arrepentimiento. Incluso, si se arrepiente es bueno que lo mates. Al fin y al cabo, tu personaje debe ser tan villano que hasta tú mismo no debes creerle.

-Mata por necesidad, no por gusto. Aplica el punto final a un personaje cuando este se atraviese en la trama o no la deje avanzar.

Foto: Edu Lauton

Foto: Edu Lauton

-Trata de no matar al mejor amigo del héroe. De hecho, puede que ese escudero sea más atractivo para los lectores que el propio héroe en la medida que es más real y encarna una de las cualidades que más premian los seres humanos: la fidelidad.  Si lo matas, dale una muerte digna, épica, como se la darías al propio héroe. El problema de matar al mejor amigo del personaje principal es que el héroe quedará inmerso en una especie de viudez, mientras que la culpa podría transformar su esencia, sino miren lo que le pasó a Batman. 

-Hay muchas razones por las cuales puedes matar a un personaje, pero hay una que constituye un suicidio para el propio autor y es aquella en la que el escritor falla en darle vida a su personaje. Esta es la manera más inútil de matar a un personaje sin segarle la vida.

 

LICENSE TO ERASE

-The keys can give life and act also as machine guns, so that if you created a character, you have license to kill it.

-Therefore, it is advisable not to kill the character of another novel that is not yours, for copyright reasons, even if the idea is not bad.

-If you kill the villain, give him/her a well-deserved death, do not let your fingers waver or the hand of the hero or heroine.

-For no reason show his/her repentance. Even after a contrition it is good to kill him/her. After all, your character must be so villainous that even you should not believe him/her.

-Kill out of necessity, not out of taste. Apply the end to a character if it gets traversed in the story or does not allow it to advance.

Foto: Erika Wittlieb

Foto: Erika Wittlieb

-Try not to kill the hero's best friend. In fact, this squire may be more attractive to readers than the hero himself insofar as it is more real and embodies one of the qualities that most reward human beings: fidelity. If you kill him, give him a dignified, epic death, as you would give it to the hero himself. The problem of killing the best friend of the main character is that the hero will stay immersed in a kind of widowhood, while guilt could transform its essence. Look what happened to Batman.

-There are many reasons why you can kill a character, but there is one that constitutes a suicide for the author and it’s when the writer fails to give life to his/her character. That is the most useless way to kill a character without removing his life.

 

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EL PUNTO Y LA COMA

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EL PUNTO Y LA COMA

EL PUNTO Y LA COMA

Una vez un punto conoció a una coma, cruzaron palabras y de ahí nació una larga conversación. Todo andaba de maravilla hasta que empezaron a surgir desacuerdos. Ella quería hablar y hablar poniendo una coma tras otra, y él sentía que le faltaba el aire, por lo cual recurría a pequeños intervalos para cortar la avalancha. La coma se sentía abruptamente interrumpida y encorvaba su espalda. Del disgusto se pasó a la discusión y un día ocurrió una agria disputa.

–¡Coma! –pedía ella.

–¡Punto! –respondía él.

–¡Coma!

–¡Punto!

–¡Coma!

–¡Punto!

–¡Coma!

–¡Punto! –recalcó él para dejar en claro el suyo.

Foto: rawpixel.com / GAG

Foto: rawpixel.com / GAG

Ella se encogió agobiada y el punto sintió que finalmente podía respirar, pero solo fue por un breve momento.

–¡Y coma! –se sacudió ella sin darse por vencida.

–Esto es ridículo –protestó él–. Tenemos que hallar un modo de comunicarnos en el que ambos nos sintamos cómodos.

–A mí me encanta hilar palabras –dijo ella.

–Y a mí cerrar las ideas y hacer pausas más largas.

–En cambio a mí me fascina hacer pausas pequeñitas.

–¿No te has dado cuenta que a veces tus pausas se pueden sentir como un pequeño punto?

–Pues lo mismo digo de tus puntos. A veces siento que no deben ser tan largos.

–¿Y qué quieres? ¿Acaso crees que la solución sea hacer un punto más grande y otro más pequeño para diferenciar las pausas?

–Tal vez. En todo caso yo no voy a cambiar mi forma –enfatizó ella–. Soy hermosa así como soy, y así me conocen. No puedo ponerme enorme porque entonces parecería un paréntesis y tampoco demasiado chiquita porque nadie me vería. Es más, me confundirían contigo.

–Te precias de ser una curva pero no eres flexible. Además, me llamas “rígido” y “tajante”, y no ves lo limitada que eres.

–¿¡Cómo puedes decir eso!? –protestó la coma.

–Yo he puesto todo de mi parte para entendernos. He sido comprensivo cuando quisiste decir todo lo que querías te serví como un punto y seguido. De igual forma, cuando quisiste espacio te ofrecí mi punto y aparte. ¿Y tú que hiciste? Lo mismo de siempre. Volver a hablar y hablar y hablar.

–Lo que pasa es que eres celoso porque no tienes la misma capacidad de argumentación que yo.

–Querrás decir capacidad de cháchara.

–¿¡Cómo te atreves!? –replicó ofendida.

–Es la verdad, no quieres ver tus limitaciones.

–¿¡Limitaciones!? Yo soy quien permito el diálogo, soy quien deja que fluyan las palabras, que se digan todas las cosas sin interrupciones, que la historia continúe. Tú en cambio quieres cortar siempre todo.

–¡Somos signos! Eso es lo que hacemos –expresó frustrado el punto.

–¡Pues toca hacer uno distinto para entendernos! –manifestó ella.

–Tengo una idea! –expresó él.

Los dos se miraron y exclamaron al tiempo:

–¿¡Y si juntamos ambos!?

–¡Estupendo! –festejó él–. Hagamos un signo que sea pausa, y que actúe a la vez como una especie de punto y seguido.

–Sí, sí –saltó emocionada ella–. ¿Y cómo lo llamamos?

–Supongo que punto y coma.

–¿Y por qué el punto tiene que ir primero?

–Por simple dinámica –explicó él–. Yo cierro y tú abres. Si tú abres y luego yo cierro, se interrumpe el flujo.

–¿Te das cuenta de que yo siempre soy la que permite el diálogo? –se ufanó la coma.

–Como quieras –respondió el punto–. El hecho es que este nuevo signo servirá para que las ideas sean entendidas de forma más clara y efectiva.

–Me parece bien. ¿Y cómo lo vamos a distinguir? ¿Qué forma le daremos a nuestro hijo? –la coma alzó su cabecita de modo inquisitivo.

–No sabía que habíamos llegado a ese punto –comentó sorprendido él.

–Tú siempre tan cerrado –expresó ella meneándose.

–No pensaba que todo esto iba a ser tan rápido –la miró redondo.

–¿Quieres que hagamos un punto aparte para hablar de eso? –le preguntó ella con ironía.

–No es necesario. Puede ser seguido –le respondió él–. Lo importante es que estamos en la misma página. Ahora tenemos que ponernos de acuerdo en la forma.

–¿Y por qué no lo dejamos al azar? Dejemos que fluya todo –volvió a menearse ella.

–Me refiero a que debemos mantener todo dentro de una línea vertical. Deber ser una forma compacta para que el resultado sea preciso.

–Tú siempre tan esquemático.

–Trato de simplificar las cosas, eso es todo.

–Bueno, ¿y cuál es tu idea?

–Opino que, como es punto y coma, yo propongo ir arriba y tú abajo.

–¿Pero eso es dominación? Tú eres muy pesado y a mí me gustaría estar arriba también.

–Mi querida coma, ¿acaso no te has dado cuenta que tu curva nace de un punto? Siempre has llevado uno encima.

Ella se arqueó con expresión de asombro.

–Ahora entiendo mis dolores de cabeza –se lamentó.

–No te preocupes, pocos se dan cuenta. Todos se enfocan en tu curvilínea figura.

–Eso lo dices por halagarme solamente.

–Viniendo de un punto, creo que más que halago, es admiración.

Ella se sonrojó.

–Aun así no me gusta la idea de tener dos puntos encima –reclamó la coma.

–¿Y qué me dices de mí? –argumentó él–. No solo dejo mi lugar de siempre al pie del renglón, sino que ahora quedo flotando, y además, con una cola debajo.

–Ja, ja, ja, pues te luce. Te da más flexibilidad.

El punto y la coma se pusieron de acuerdo y tras aquella creación continuaron con su inseparable relación. Fueron artífices de innumerables historias y entrelazaron una amistad que, según dicen los paréntesis, se convirtió en algo más que eso. El amor fue una feliz consecuencia, y gracias a aquel simpático hijo, conformaron una familia muy unida.

Cuentan también los paréntesis que, tras un tiempo de andar juntos, aquel hijo comenzó a volverse una extensión de su madre. Las palabras entre ellos no conocían el fin, con lo cual obligaban al padre a hacer uso de su ineludible freno. Cansados de ser coartados, madre e hijo fueron a reclamarle al punto que aportara algo más a la familia que una simple contención.

El punto, conociendo sus limitaciones en materia de largos discursos, empezó a narrarles historias tejidas a base de frases cortas. Cada segmento era un ejemplo de síntesis que, sin embargo, daba espacio a la imaginación y poesía. A veces pedía prestados los signos de ella y de su hijo para integrarlos a la narración y ellos participaban extasiados. Sin embargo, el punto tenía un estilo particular que volvía locos a los otros.

–Detesto cuando dejas las historias inconclusas –le replicó un día la coma.

–Sí, papá –la secundó el hijo–. No sabemos si tu historia termina o si hay más.

–Pensé que la intención que pongo era suficientemente sugestiva –explicó el punto.

–No sabemos qué esperar –expresó la coma.

–Justamente eso es lo que quiero –indicó él–. Lo hago adrede para dejar finales abiertos, para que ustedes imaginen diversos escenarios.

–Deberías avisarnos –dijo el vástago–. No sé, indicarlo con algo que sea más visible, algo que marque esa intención.

–Está bien. Creo que ya lo tengo.

–¿Qué vas a hacer? –preguntaron madre e hijo.

–Ya lo verán.

Desde entonces, y cada vez que el punto quería dejar un final inconcluso, se triplicaba a sí mismo.

Y ese fue el origen de los puntos suspensivos.

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